>>El sistema y los actores

Alain Touraine

I. La caída y tal vez la desaparición del Estado nacional, como consecuencia de la formación a la vez de mercados mundializados y de imperios luchando por la hegemonía mundial, como los Estados Unidos y ayer la Unión Soviética o mañana China, es un tema tan corriente que parece encima de cualquier debate y que la mayor parte de nosotros consideramos los defensores del Estado-nación del siglo pasado como gente atrasada, defensores del pasado y de sus glorias más que del futuro y de sus transformaciones aceleradas y en gran parte imprevisibles.

Si este análisis fuese acertado y suficiente, no participaría en un debate que hubiera perdido cualquier tipo de interés, puesto que la respuesta acertada al problema estudiado sería tan evidente. Pero no es así y si uno considera los términos del presente debate como claros, se dará rápidamente cuenta que la realidad es más compleja que las fórmulas utilizadas para describirla.

En primer lugar, se habla casi siempre de Estado-nación o nacional, pero esta noción corresponde en realidad a un tipo de régimen muy bien definido y en efecto minoritario en el mundo actual.

La correspondencia e incluso la unidad entre una nación y un Estado fue un logro casi extraordinario del mundo occidental. La realidad de la nación no es nada de común; implica una unidad social y cultural a la cual corresponde un poder político, que, de una manera u otra, democrática o no, se considera y es considerado como un instrumento político de la nación, en particular frente a otros Estados. Entonces, la idea de nación afirma la legitimación por parte de una colectividad o comunidad, social o culturalmente definida del Estado, a la vez en su aspecto administrativo y en su aspecto militar.

Volviendo al análisis de la situación actual, lo más visible es que los Estados no nacionales y aun más los imperios resisten mal a la mundialización, a la globalización, porque su autoridad tradicional suponía cierto grado de aislamiento, un control fácil de las fronteras y también de las conductas de los ciudadanos a través de métodos eficientes para imponer el respecto de las leyes y las decisiones del poder ejecutivo. Tal control directo resiste mal a la penetración del comercio de las ideas, de las imagines que crucen fácilmente las fronteras. Muchas veces, esta apertura no controlada tiene además como complemento la revancha de los particularismos contra un nuevo poder central y lejano. Muchos Estados, por ejemplo en Africa pero también en América latina han perdido y están perdiendo su capacidad de control de su territorio y de su propia vida social y cultural. Muchos imperios, de los más grandes como la Unión Soviética a otros más pequeños como lo que fue la República federal yugoslava o conjuntos creados por un poder colonial como "las Indias" o Indochina han desaparecido.

Los Estados no realmente nacionales han en total resistido con más dificultad que los Estados-naciones a la mundialización. Perú es un Estado multiétnico y no funciona realmente como un Estado-nación; la idea de nación ecuatoriana es débil frente a las divisiones étnicas y también a la oposición entre la sierra y la costa. Colombia, país avanzado en muchos aspectos, no ha creado nunca un Estado nacional aunque su oligarquía se haya abierta y modernizada después de la crisis de la violencia desencadenada por el asesinato de Gaitan y por el bogotazo. Esta lista puede ser fácilmente ampliada.

Por lo contrario, los Estados-naciones, que sean del tipo democrático anglo-francés o del tipo culturalista autoritario de tipo alemán o japonés han resistido a la mundialización y Europea considera como su meta principal la creación de una federación de Estados-naciones. Esta expresión no es clara, pero por lo menos indica la voluntad de mantener el concepto de Estado-nacional. En América latina, Argentina siempre se ha definido con mucha fuerza como la nación argentina. En forma distinta, Chile y México, el primero a través de un proceso en gran parte democrático, el segundo a través de la dominación prolongada de un partido-Estado, actúan como Estados-naciones, especialmente en la situación actual. Brasil fue un Estado antes de ser una nación, pero durante el ultimo siglo y a partir de la caída del imperio, se ha formado una nación brasileña a pesar de la debilidad del sistema político central de Brasil y de la limitación relativa (en comparación con México) del Estado federal brasileño frente a los Estados y a los municipios.

Esta es una observación concreta. Ahora conviene explicar porque los Estados-naciones no desaparecieron hundidos en un Estado mundial. La primera explicación es que muchos países dependen poco del comercio internacional. Es el caso del Brasil -8%-, de los Estados Unidos o incluso de la Unión Europea en la cual la mayor parte del comercio exterior de Italia, Alemania, Francia, España se realiza dentro de la misma Unión. La situación es diferente en economías emergentes donde los capitales internacionales imponen inversiones muchas veces especulativas y desaparecen brutalmente cuando el porvenir del país les parece inseguro, lo que fue el caso en México, Indonesia y Tailandia. Este proceso explica todas las grandes crisis nacionales? Absolutamente no. Japón, Corea, Rusia y también Brasil fueron responsables de sus crisis. El Japón, por la ausencia del control político del sistema bancario y después por el peso aplastante de una política hiper keynesiana, necesaria pero que no tuvo hasta la fecha la capacidad de crear un nuevo periodo de crecimiento. Corea, por razones análogas: los grandes grupos económicos, los shaebol, se endeudaron de manera excesiva. Una vez esta crisis superada, los grupos industriales se quedaron debilitados. El caso de Rusia y de la gran crisis del rublo del agosto de l998 es el más claro por demostrar la responsabilidad directa de un Estado débil y en gran parte penetrado por la corrupción.

No sería muy difícil analizar de la misma manera la responsabilidad de los Estados nacionales reales. Argentina misma fue responsable de los efectos negativos de la crisis mejicana -efecto tequila- mientras Chile se protegía de manera eficiente de los movimientos irracionales de los capitales golondrinas. Eso no quita la responsabilidad de los capitales internacionales o nacionales y no impide que se pueda decir que la globalización financiera ha tenido efectos negativos en la periferia y positivos en el centro del sistema económico mundial, pero no demuestra de ninguna manera la impotencia de los Estados nacionales. Si varios países han perdido prácticamente el control de su vida económica y en muchos casos si los Estados ha sido incapaces de controlar el narcotráfico y el contrabando, tan importante en los Balcanes Colombia o en Tailandia, es porque los Estados considerados, por razones internas, son débiles. Esta debilidad no es la consecuencia de la globalización; al contrario, esta debilidad o la corrupción de estos Estados son causas de mayor importancia del enorme crecimiento de la economía ilegal.

En todos los casos, pero de manera especial en los países desarrollados o en un verdadero proceso de modernización, los economistas y los sociólogos están de acuerdo para pensar que los factores no económicos del crecimiento económico juegan un papel más y más importante. El factor que tiene más importancia es la educación pero también hay que mencionar el tipo de "governance" de las empresas, la importancia, dada por el Estado y por el "venture capital", a la investigación tecnológica y científica y a la innovación en general. Diez o quince años atrás, los Estados Unidos estaban considerados como relativamente debilitados comparados con el Japón o con la Unión Europea que tuvo entre l988 y l991 un periodo de crecimiento fuerte. Sin embargo, durante los últimos once años, el dinamismo norteamericano ha sido y todavía es tan fuerte que parece difícil que el Japón o Europa llegue al nivel de desarrollo actual de los Estados Unidos. Pero como se explica el éxito norteamericano? Por dos razones principales. En primer lugar, por la vuelta de los capitales al centro, a Nueva York, después de la crisis del tercer mundo, lo que ha provocado un alza de la bolsa que se ha transformado en un aumento fuerte del poder de compra de los estratos superiores, por vía de consecuencia, en una desigualdad creciente. Factor importante, pero de coyuntura más que de estructura.

El segundo factor, más decisivo a largo plazo, es la combinación de tres transformaciones interrelacionadas: la formación rápida de nuevas industrias de alta tecnología y en particular de Internet; la difusión de las nuevas tecnologías en el conjunto de la economía; en tercer lugar, la transformación -muchas veces brutal, especialmente con las técnicas de downsizing- del management y la crisis relativa de las grandes empresas industriales comparada con el éxito de las nuevas industrias - networks- con la excepción de pocos grupos, en particular General Electric, que aplicaron las nuevas técnicas de subcontracting y de descentralización. Durante los años ochenta, el Japón había ganado terreno en los mercados mundiales gracias a su nuevo modelo de producción; en los años noventa, los Estados Unidos triunfan gracias a una transformación mucho más amplia que resulta en una nueva revolución industrial. ¿Quien puede decir que no es un triunfo del Estado-nación norteamericaño? El espíritu empresarial, el papel activo de grandes universidades como Stanford, la vitalidad de centros de formación tecnológica, el apoyo directo del Estado han jugado un papel decisivo en esta nueva revolución industrial que no puede ser explicada por la intervención de fuerzas supranacionales. Conviene hoy hablar más de nueva economía que de globalización, más de nuevas formas de tecnología y de organización de las empresas que de globalización del comercio internacional. En consecuencia, el papel de Estado nacional o de la sociedad nacional, hablando de manera más acertada, aparece mucho más importante que durante los años después de la caída del imperio soviético.

Finalmente, esta referencia a l989-91 demuestra la importancia de los factores geo-políticos y estratégicos y no solamente económicos en la transformación del mundo. Los países de la Unión Europea, tan atrasados en relación con los Estados Unidos cinco años atrás, están entrando ahora de manera acelerada en el mundo de las nuevas tecnologías, lo que determina en gran parte el aumento reciente de su crecimiento económico. Alemania, considerada durante tantos años entre l975 y l990 como el país más dinámico de Europa, tiene grandes dificultades para salir del modelo industrial que este país dominaba tan bien y para entrar a lo que Manuel Castells llama la network economy, la economía red.

Es fácil ampliar este análisis para demostrar con mucha claridad que la idea de una economía globalizada, quitando su importancia a los Estados y especialmente a los Estados-naciones, es falsa. La noción de desarrollo que había desaparecido y muchas veces había sido condenada, reaparece como lo demuestra el primer congreso de los economistas del desarrollo cuatro años atrás, que critico fuertemente el "consenso de Washington". Durante los cuatro últimos años, los dirigentes del Banco Mundial, Wolfensohn, del FMI, Camdessus, y del BID, Iglesias, han repetidamente afirmado la importancia central del Estado y de la cultura en el desarrollo económico, lo que puede ser considerado como un autocrítica de estas instituciones financieras internacionales. En el caso de los países latinoamericanos, conviene dar ahora la prioridad a la investigación y aun más a la innovación tecnológica, a la política industrial y más ampliamente a la capacidad de decisión del Estado. La clásica oposición, mencionada al comienzo de esta charla, entre la globalización de la economía y la intervención del Estado nacional, debe ser abandonada porque representa ahora un obstáculo mayor al crecimiento económico.

Conviene introducir aquí otro tema que merece tanta importancia como una política de producción: una política de repartición, de lucha contra desigualdades sociales que han aumentado en la mayoría de los países y que quitan gran parte de su realidad al Estado-nación. Es un error grave de limitar el análisis económico al comercio internacional y aun más a los movimientos internacionales de capitales. Al contrario, la convergencia de todos los factores de producción e -igualmente importante- menos desigualdad y exclusión social son las condiciones principales del desarrollo, de la modernización y de la integración social que son estrechamente interrelacionados entre si. No conviene oponer una política hacia afuera a una política hacia adentro, como se hizo cuarenta años atrás. Repito que mis conclusiones actuales no quitan importancia a la necesidad de suprimir los paraísos fiscales, lo que depende de decisiones de G8 y especialmente de Rusia y de eliminar la economía criminal. Medidas que dependen no del libre comercio, sino, al contrario, de la capacidad de decisión de los Estados más poderosos. El internacionalismo radical, que sea de derecha o de izquierda, esta muy lejos de la realidad y actúa más bien como obstáculo ideológico al progreso del continente latinoamericano, mucho más amenazado por la descomposición política que por los obstáculos a la globalización o por la misma globalización.

 

II. 1. A este énfasis puesto en el papel creciente del Estado nacional, se puede oponer la observación que ya existen poderes políticos y administrativos y voluntarios que actúan al nivel mundial y juegan un papel importante en la regulación de la economía. Los más importantes son los poderes jurídicos y especial el Tribunal Penal Internacional que entrara en acción después que sea ratificado por sesenta países. Recientemente, la opinión pública internacional ha descubierto que, en materia de torturas, cualquier juez de cualquier país detiene una "competencia universal", lo que permitió al juez español Garzón de conseguir la detención del General Pinochet en Gran Bretaña e incluso el principio de su transferencia a España hasta que el Ministro inglés del interior decida, por razones políticas, de permitir al reo que vuelva a su país y sea juzgado por la justicia chilena. Ya en el caso de Kosovo y Rwanda, existe una Corte Penal Internacional. Al nivel aun más global, las agencias de las Naciones Unidas, en particular la Organización mundial de comercio, el Banco Mundial o el FMI, tienen fuertes capacidades de intervención. De manera muy diferente, algunas ONG como Amnesty International o Greenpeace tienen la capacidad de lanzar campanas internacionales contra decisiones económicas o administrativas. De hecho, se puede hablar de un poder de regulación internacional incipiente y también las movilizaciones de Seattle, Washington o Millau representan un primer elemento de un contrapoder mundial. Pero tampoco se puede afirmar que las agencias internacionales tengan un poder superior al de los grandes Estados. El G7 ahora G8, tiene una capacidad de decisión mayor, de la misma manera que le Consejo Europeo toma las grandes decisiones que aplica la Comisión de Bruselas y que aprueba o no el Parlamento Europeo. El hipótesis a menudo formulado de un sistema político o incluso de un Estado mundial que se sustituya a los Estados nacionales esta lejos de ser comprobado por la observación de los hechos.

2. De manera directamente opuesta, los Estados nacionales, por lo menos cuando son democráticos, controlan menos y menos la vida social y cultural. No porque la globalización económica quite a las intervenciones estatales su importancia sino, de manera opuesta y más profunda, porque contra la dominación de flujos y redes impersonales y poderosos gran número de los individuos y de los grupos defienden su autonomía y aun más su identidad. Es este separación creciente entre una economía globalizada y identidades más y más fragmentadas que es la causa principal de la debilitación actual del concepto de sociedad. La correspondencia entre el sistema y el actor, entre sistemas definidos ahora como mercados y actores definidos a menudo en términos de minorías -étnicas, regionales, religiosos, políticas, sexuales, etc.- desaparece. El Estado pierde gran parte de su capacidad de integrar la población a través del respecto de leyes y decisiones y de la imposición de conocimientos, de normas o de una memoria a toda la población. El Estado nacional es más directamente y más profundamente debilitado por la variedad creciente de las "identificaciones" que por la formación de empresas o redes nacionales. Pero tan poco se puede concluir a la fragmentación total de los Estados atacados por fuerzas comunitarias. En realidad, es, todavía, la separación de los ricos y de los pobres que limita más la intervención del Estado.

3. Pero crece rápidamente un nuevo nivel de vida política. El primer nivel fue lo de la representación de las decisiones propiamente políticas: capacidad de votar el presupuesto público a través de representantes libremente elegidos, libertades cívicas de expresión, organización y voto. Un segundo nivel de vida pública democrática se organizo frente al difícil reconocimiento de los derechos sociales, en particular en el trabajo. Leyes sociales y convenios colectivos fueron los dos aspectos principales de la democracia social. Pero, ya a alto nivel, el proceso democrático apareció más frágil que al nivel cívico. Porque grupos profesionales o sociales de todos tipos a menudo dieron la prioridad a sus intereses propios más que al interés general de la ciudadanía. La ruptura interna del sindicalismo y del movimiento socialista a fines del siglo XIX y de nuevo en varios países después de la segunda guerra mundial entre una corriente comunista y una corriente social-demócrata lo demuestra dramáticamente. Pero a fines del siglo XX, se han ampliado mucho los derechos sociales en gran parte del mundo, a pesar de la presión reciente de las empresas para aumentar su competitividad a través de una disminución del gasto social.

Pero durante la segunda mitad del siglo XX, se alcanzo a formar un tercer nivel de vida pública organizado, después de las luchas por los derechos cívicos y después por los derechos sociales, para conseguir el reconocimiento de los derechos culturales. La más importante de estas campanas fue dedicada a los derechos de las mujeres que, en la gran mayoría de los países, siguen siendo en una situación política y económica, inferior. La segunda meta general de estas acciones colectivas de tipo nuevo es la defensa de las minorías. Lo que llamamos la sociedad civil, formada de ONG, varios tipos de asociaciones y de campanas de opinión, tiene hoy la misma importancia que el sindicalismo un siglo atrás. La distancia entre integración, ciudadanía y reconocimiento de identidades culturales y políticas especificas aumenta y hace más y más difícil combinar la integración social a través de leyes que se aplican a todos y el reconocimiento del multiculturalismo o multinacionalismo aunque estos sean limitados.

4. De la misma manera que la globalización económica o financiera no quita su papel central al Estado-nación, la "política identitaria" (identity politics) no destruye esta relación, ya que este es el único poder que tenga la capacidad de defender las minorías contra la oposición, a veces brutal, de la mayoría, tanto en el terreno religioso que en el terreno étnico u otro. Pero existe une tensión constante entre los defensores del Estado "republicano", es decir integrador, y que se opone a cualquier categorización o especificación de los derechos, y los partidarios de una democracia cultural, es decir del reconocimiento de los derechos culturales que, en muchos casos, pueden amenazar la unidad de la sociedad. No conviene aquí entrar en un debate muy complejo y que no se limita a la oposición ideológica entre republicanos y multiculturalistas, aun menos al conflicto entre liberales y comunitaristas. Pero conviene volver al tema del Estado-nación porque nos encontramos aquí en una situación compleja. Por un lado es cierto que el Estado tiene que participar de manera activa en el desarrollo económico, pero también esta más orientado o controlado por una economía internacionalizada que en el periodo anterior. Por el otro lado, el Estado recibe un papel social y cultural central: proteger o incluso fomentar un grado siempre más alto de diferenciación cultural. Es decir que existen tensiones internas en el Estado-nación y más concretamente en la identificación de la nación con el Estado y viceversa. Esta situación de fragilidad puede llevar a dos soluciones extremas y a varias otras, intermedias mucho más positivas. La primera solución es el Estado autoritario liberal que tuvo tanta importancia en un pasado reciente, tanto en Indonesia como en Chile y, más que nada, en China donde esta todavía el modelo dominante. Este régimen combina de manera doblemente negativa una subordinación fuerte del Estado a las ordenes de la economía mundial y la imposición de un modelo socio-político que elimina las minorías y prohibe el debate político. Pero los aspectos obviamente negativos de este modelo no deben esconder la solidez de una solución que combina control interno y apertura externa. Como dicen los Chinos: los Rusos han escogido la apertura política y la mantencion de un control estrecho de la economía; nosotros hemos escogido el camino opuesto. Los Rusos han fracasado; nosotros estamos progresando sin crisis mayor desde hace diez años. Juicio demasiado positivo sobre un país en el cual la sociedad civil esta silenciada. La solución opuesta combina un control fuerte de la economía nacional con un nivel alto de diferenciación interna. Es, por definición, la solución norteamericana. La economía americana es abierta pero eficientemente controlada por la FED y el Treasure; a la vez al interior de los Estados Unidos existe una gran variedad de minorías organizadas y reconocidas. La debilidad principal de este modelo es su escaso interés por la integración social, lo que quita parte de su realidad a un sistema democrático que acepta la existencia de una proporción importante de pobres y deja que la tercera parte de los africanos-americanos vivan a la vez en la pobreza y en la segregación. Existe un espacio inmenso entre estos dos modelos opuestos, en parte porque los Estados Unidos están en la situación hegemónica que ningún otro país puede compartir con ellos.

La hipótesis que parece mejor adaptado a muchos países en situaciones muy variadas -pero con la condición que exista una integración social real y que no sea el caos que domine la vida política- es una separación creciente pero nunca total entre Estado y nación. La Unión Europea hoy y aun más mañana, Mercosur mañana o México integrado ya en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN-NAFTA) son ejemplos de Estados fuertemente relacionados con una economía abierta, y cuyos procesos políticos nacionales no son capaces de combinar una acción política internacional con una diferenciación creciente de la sociedad. El caso obviamente más importante es el de la Unión Europea. Los países miembros ya han abandonado muchas funciones estatales a la Unión o a Eurolandia en el caso de la moneda. También se esta formando difícilmente, lentamente pero realmente una capacidad europea de acción internacional. ¿Significa eso que Alemania, Francia, Italia se transforman en unas California, Florida o Illinois europeos? Evidentemente no. Al contrario, procesos societales de decisión política permiten manejar grandes transformaciones sin desvincular problemas internos y problemas externos. Ampliando este punto de vista, se alcanza el hipótesis general que los elementos de la vida social, en lugar de mantenerse unidos al mismo nivel: urbano, nacional, continental o mundial, se separan: la economía es globalizada; el poder estatal es transferido en muchos casos a agrupaciones regionales como lo es la Unión Europea; el sistema político nacional mantiene o aumenta su poder, pero entre límites más estrechos definidos por un lado por la fragmentación cultural y por el otro por la globalización económica. Este sistema es aparentemente complicado pero corresponde ya a la realidad de muchas partes del mundo y este alto grado de diferenciación social y política es la mejor defensa contra la solución autoritaria liberal o, aun peor, contra la desorganización o el caos que ahora amenazan tantos países, por ejemplo la mitad norte del Continente latinoamericano, fuera de México, cuya situación es difícil de caracterizar tan poco tiempo después de la caída del régimen monopartidista.

5. Pero estamos tan acostumbrados a pensar y hablar en términos de la globalización económica y del Estado nacional que nos cuesta imaginar un cierto continuo en un mundo en el cual parece tan visible la discontinuidad, incluso la contradicción abierta, entre Estado nacional y globalización económica. Sin embargo, la descripción que acabo de bosquejar corresponde a situaciones muy numerosas, como alternativa deseable a los regímenes liberales autoritarios que demuestran siempre su incapacidad de organizar las relaciones más y más complejas entre mundialización y particularismos, flujos económicos y comunidades culturales. La imagen de un Estado-nación que domine todos los aspectos de su actividad es ahora artificial y no corresponde a nuestra realidad histórica actual. Más aun no correspondió probablemente a ningún caso importante durante los dos últimos siglos cuando monarquías absolutas, Estados-partido y impresas han sido incapaces de integrar realmente a una población diferenciada. Los Estados totalitarios en ciertos casos, porque tenían metas bélicas, no han sobrevivido a la catástrofe militar final; otros, paralizados por su incapacidad de transformación económica, se han transformado en Estados solamente autoritarios pero más y más incapaces de superar crisis económicas y políticas. Los Estados nacionales han sobrevivido porque han aceptado y organizado una integración limitada.

¿No sería más realista referirnos a la corriente de historiadores, encabezada por Fernand Braudel y Immanuel Wallerstein, que demuestra la presencia constante en el mundo moderno de "economías mundo" desde la Portuguesa, la Española hasta la Norteamericana pasando por la Holandesa y la Inglesa. Pero en realidad, no se trata de un economicismo tan superficial como lo de hoy, sino al contrario del reconocimiento de la autonomía relativa y amplia de los varios aspectos de la vida nacional. El Estado francés de Louis XIV o de la Revolución francesa no vivió fuera de la economía mundial y la revolución industrial europea, después norteamericana y japonesa del siglo XIX se desarrollo en formas políticas muy distintas, democracia oligárquica en Gran Bretaña, monarquía nacionalista en Alemania, una serie de regímenes distintos en Francia, un Estado nacional muy débil en Italia, etc. Aun más obvia es la autonomía de la vida cultural en reacción con la vida económica. La vida intelectual, artística, literaria francesa ha tenido durante tres siglos una influencia internacional superior a la de la economía de este país. Lo mismo vale por la Rusia de la segunda parte del siglo XIX. Ni la idea del Estado-nación integrado y tan poco la idea opuesta de un sistema económico internacional son suficientes para describir realidades históricas siempre complejas. En cada época existen por lo menos dos tendencias opuestas: por un lado, tendencia a la diferenciación de los varios sectores sociales y conjuntamente a la formación de mediaciones institucionales entre ellas; por el otro lado, la tendencia hegemónica de la economía del Estado, de una iglesia o de centros financieros o a menudo de las fuerzas armadas.

Los países que han vivido un desarrollo prolongado son aquellos que han reconocido la autonomía de varios sectores de la sociedad y que, a la vez, han creado mediaciones, instituciones entre estos sectores. Aquí me refiero a la importancia central de la democracia en sus tres aspectos complementarios, político, social y cultural, porque la democracia elimina cualquier poder central. Como lo dijo el filosofo político Claude Lefort, no se trata por el pueblo de sentarse en el sillón del rey sino de eliminar el sillón. La idea básica de la democracia ideal es que gobierna el partido o el candidato que ha sacado más de 50 % de los votos, lo que significa que la mayoría de hoy puede ser la minoría de mañana. Aquellos que hablan del gobierno del pueblo en general son dirigentes autoritarios o totalitarios. Cualquier definición esencialista del pueblo es incompatible con la democracia. Si bien es cierto que en la mayor parte de los casos la vida democrática y entonces el Estado nacional se crearon a través de la destrucción violenta de un poder monárquico u oligárquico y de barreras sociales casi insuperables, la democracia no puede funcionar sin la posibilidad constante y legal de un cambio de mayoría.

Aplicando esta idea general a la situación contemporánea, debemos poner la énfasis en dos niveles principales de mediaciones institucionales libres y flexibles. La primera, la más urgente de conseguir en el periodo actual, es la combinación de las fuerzas económicas mundializadas con los Estados nacionales. Ya es el caso de las instituciones económicas y financieras internacionales como de los movimientos ecologistas. Si bien es cierto que estamos muy lejos de un gobierno mundial, es visible la formación de un proceso internacional mucho más fuerte que en los primeros decenios de Naciones Unidas. Existe una sociedad civil mundial de la misma manera que existen instituciones económicas financieras mundiales. No son los medias sino los movimientos de opinión o los movimientos sociales que juegan aquí el papel central. De manera muy distinta, gana también terreno la democracia local, que busca la combinación de identidades sociales o culturales con una economía abierta y más directamente con formas nacionales de control institucional. Hasta un periodo muy reciente, el sistema político ha descansado en la alianza del Estado y de oligarquías o de dirigentes locales. Coroneles brasileños o caciques en otras partes del Continente han jugado un papel análogo al de los notables y oligarquías europeos o capos locales electorales norteamericanos. Esta complementariedad de los poderes centrales y locales esta desapareciendo. Se forma una democracia local que puede ponerse demagógica o caudillista pero que más y más a menudo representa una mediación entre identidades culturales o sociales y reglas o leyes generales. La importancia central de estas mediaciones entre Estado y economía mundial y entre Estado y sociedad local o grupos de identidad da una forma concreta al sistema de autonomización creciente de varios sectores y niveles de la vida social.

 

III. Ya estamos muy lejos de nuestro punto de partida, de la oposición directa y total entre economía globalizada y Estado-nación. Pero conviene ir aun más lejos para demostrar la importancia de un análisis de los actores y no solamente de la lógica interna de los flujos y de las redes económicas. Lo que corresponde a un cambio general de orientación de las ciencias sociales que son más y más el estudio de actores y menos y menos el análisis de sistemas. Por un lado, nuestro concepto de los sistemas es menos social, porque muestra el papel dominante de dos lógicas. La primera corresponde a lo que los economistas llaman "rational choice" o individualismo metodológico. La segunda corresponde a un enfoque más estratégico y uso de algoritmos más y más complejos que han permitido la formación acelerada de matemáticas financieras. Las referencias a los actores en ambos casos son sin embargo limitadas aunque la capacidad de previsión de cada actor económico o financiero tenga gran importancia practica.

Por el otro lado, la situación es opuesta. Los actores, en lugar de seguir la lógica de la racionalización, ponen el énfasis en la defensa de la identidad, de la libertad, del control de su propia historia de vida, de su capacidad de negociar sus condiciones de trabajo. En una palabra, los derechos y la voluntad de conseguirlos son los principios principales de orientación de las conductas.

No los únicos sin embargo. Existe una lógica de las organizaciones que fue muy bien analizada por grandes sociólogos como H. Simon, J. March or M. Crozier, como racionalidad limitada, porque esta más próxima a la racionalidad económica que la defensa de derechos cívicos, sociales y culturales. En los países democráticos, aquellos que siguen como valores centrales libertad, igualdad, fraternidad, una parte grande, la más grande posible, de las reglas jurídicas consiste en garantías institucionales de los derechos humanos individuales y colectivos. Lo que da una expresión muy concreta a la separación ya introducida entre Estado y sistema político. El Estado como tal elabora estrategias que toman en cuenta las necesidades de la competitividad internacional. Al contrario, el sistema político -en las democracias-, da respuestas institucionales a demandas de derechos o al respecto de derechos ya conseguidos. La necesaria interrelación entre Estado y sistema político permite la demanda social y cultural de enfrentarse al nivel más alto posible con las exigencias del sistema económico. Un ejemplo de gran actualidad en muchos países es el tema de la flexibilidad. No se trata por supuesto de un factor puramente técnico de aumento de la productividad y de la capacidad de resistir a los competidores extranjeros. Gran numero de estudios han demostrado que la externalización de elementos de la producción ha resultado en una baja de los salarios porque los subcontractors utilizan una mano de obra con bajos salarios y ausencia de garantías sociales. Como el downsizing ya mencionado, este aspecto importante de la nueva política social resulta en una redistribución importante del producto nacional a favor del capital y contra los intereses del trabajo. Conviene entonces reconocer que se trata aquí de un conflicto de intereses y más ampliamente de valores. No solamente existen ya muchos actos de rechazo de la flexibilidad, pero a un nivel más alto se observan ya grandes campañas internacionales y nacionales contra la flexibilidad, es decir contra el uso de los trabajadores como de cualquier factor de producción: materias primas, tecnología, sistema de comunicación, territorios, etc. Tales conflictos, cuya importancia esta aumentado, son los equivalentes de los que fueron los conflictos más directos entre las empresas y los trabajadores durante el primer periodo industrial. El sistema legislativo y judicial y también la administración pública intervienen constantemente en estos conflictos para combinar la lógica de la competitividad global con la defensa de los trabajadores y de toda la población. Un debate abstracto sobre las relaciones entre el Estado-nación y la economía globalizada esconde temas tan importantes como la diferenciación de los niveles local, nacional, global, y conflictos propiamente sociales, pero diferentes de los enfrentamientos más duros de la sociedad industrial. La novedad principal es que los conflictos industriales clásicos eran "estructurales", oponiendo capital y trabajo dentro de un sector industrial o de una empresa, mientras los conflictos actuales son "históricos" en el sentido que su tema es el control del cambio. Conviene separar palabras que se refieren a realidades distintas. Hablar de sociedad industrial o de sociedad de la información se refiere a un tipo técnico y social de producción y organización, mientras, por el otro lado, hablar de capitalismo, socialismo, dependencia o globalización se refiere a modos de transformación histórica de modernización. Entre modernidad y modernización, existe la misma diferencia que entre estructura y proceso. En un futuro próximo es probable que nuevos conflictos estructurales logren una importancia mayor y mayor. Pero en el periodo actual son los procesos de modernización y en particular la globalización que están al centro de los nuevos conflictos. Se trata de controlar y orientar los procesos de mutación de sociedades nacionales o regionales a un sistema económico global. Este tipo de conflicto en general es más político que propiamente social. Porque el enemigo más directo para gran parte de la población, en especial los excluidos y los marginados es el Estado y los responsables económicos internacionales más bien que dirigentes económicos inmediatos. Insisto de nuevo que se trata menos en el periodo actual de pasar de un nivel nacional a un nivel internacional de cambio que de pasar de un conflicto interno a un tipo de sociedad y de conflicto desencadenados por la lucha para el control del proceso de cambio y en primer lugar de la globalización.

Por eso, durante tantos años hemos vivido con la ilusión que los conflictos sociales hayan desaparecido, que "no se podía hacer nada" y que los únicos problemas sociales estaban vinculados con la necesaria destrucción de los proteccionismos económicos o profesionales. Algunos analistas se dispararon hasta anunciar el fin de la historia como si la globalización creciente de la economía significaba la desaparición de toda clase de proceso político y de debate público. En realidad, esta idea del fin de la historia traducía de manera fantasmagórica nuestra conciencia de impotencia frente en particular a los movimientos internacionales de capitales que parecían ser un nuevo vampiro capaz de sacar la sangre a un país o a un continente entero. No llega de ninguna manera a menospreciar los efectos negativos de la especulación financiera desvinculada de cualquiera finalidad económica y social que recuperar la conciencia que hoy como en cualquier momento tenemos la capacidad concreta de escoger y llevar a cabo un acción política. Es la importancia excesiva concedida al capitalismo financiero internacional que nos hace olvidar de los problemas de la economías, de la producción, del consumo, de la innovación o de la repartición del producto nacional. Tienen un gran capacidad de decisión. Ya se ha terminado el decenio de la desesperación y de la conciencia de impotencia. En todas partes y a todos niveles, desde las reuniones del G7 hasta la pequeña ciudad francesa de Millau defendiendo su queso tradicional, reaparecen propuestas y análisis. Cambios que aparecían antes como inevitables están reinterpretados como elementos de una política, de una estrategia que pueden ser dirigida contra el Estado por movimientos populares y iniciativas políticas. El escenario histórico no es más vacío. De nuevo estamos descubriendo que podemos elegir una política u otra a pesar de la fuerza inmensa de los flujos de capitales. De la misma manera la hegemonía norteamericana a pesar de ser muy fuerte al nivel mundial y de manera especial al nivel científico y tecnológico parece más frágil que antes al nivel propiamente económico. Ya varias partes del mundo tienen una tasa de crecimiento superior a la de los Estados Unidos. Globalización hay, pero también diferenciación y culturalismo crecientes. Redes financieras más poderosas y con un altísima capacidad de destrucción, pero también formación de una mayor capacidad política que durante el ultimo decenio. Las ruinas económicas y políticas dejadas por este decenio son inmensas y no es cierto que pueda ser reconstruido todo lo que fue destruido. Pero ya se acabo el decenio del silencio y de la idea desesperante que la globalización domina todo. Estamos ya entrando en un nuevo periodo histórico en el cual no solamente la acción política nos parece posible pero durante el cual los factores sociales políticos y culturales de transformación económica y social tendrán un papel cada vez más decisivo. El Estado nacional y las federaciones de Estados-nacionales tendrán, como ya tienen, una fuerte capacidad de intervención frente a los movimientos de capitales que siguen antes de todo su interés a corto plazo.

 

Alain TOURAINE

Nacido el 3 de agosto de l925 en Hermanville, Francia.

Profesor de sociología en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS).

Fundador en l981 y aún miembro del Centro de Análisis e Investigación Sociológicos (CADIS).

Dentro de sus numerosas publicaciones, se puede señalar : Sociologie de l'Action (Seuil, l965), La conscience ouvrière (Seuil, l966), Le Mouvement de Mai ou le communisme utopique (Seuil, l968), La Société post-industrielle (Denoël-Gonthier, l969), Production de la Société (Seuil, l973), Pour la Sociologie (Seuil, l974), Un désir d'histoire (Stock, l977), La voix et le regard (Seuil, l978), Le Mouvement ouvrier (av. Michel Wieviorka et François Dubet, Fayard, l984), Le Retour de l'Acteur (Fayard, l984), La Parole et le Sang (sur l'Amérique Latine), (O. Jacob, l988), Critique de la Modernité (Fayard, l992), Qu'est-ce que la démocratie? (Fayard l994), Pourrons-nous vivre ensemble ? Egaux et différents (Fayard, l997), Comment sortir du libéralisme ? (Fayard, l999). (Muchos has sido traducido en español).

Alain Touraine es doctor honoris causa de las universidades de Cochabamba (l984), Genève (l988), Montréal (l99O), Louvain-la-Neuve (l992), La Paz (l995), Bologne (l995), México (l996), Santiago (l996), Québec (l997), Córdoba (Argentina, 2000).

Es miembro honorario extranjero de la Academia Americana de Artes y Ciencias y de la Academia Polaca de Ciencias, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y de la Academia Brasileña de Letras, miembro de la Academia de Historia Argentina.

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